La botella, rediseñada por el director creativo de Missoni, Alberto Caliri, combina los motivos zigzag característicos de la firma con los tonos marinos que evocan la costa amalfitana, tierra de inspiración de Malfy. No es la primera vez que ambas marcas cruzan caminos: esta segunda edición conjunta se enmarca en una estrategia de posicionamiento más amplia que incluye un evento internacional en Forte dei Marmi, campañas digitales y activaciones en semanas del diseño y la moda.
En palabras de Caliri, se trata de “una celebración de momentos eternos”, pero en términos estratégicos es también una apuesta por convertir el diseño en vector de deseo, prolongando el ciclo de vida del producto más allá de su consumo. En esta lógica, la edición limitada no se concibe solo como un envase: aspira a ser una pieza de colección para un público que valora tanto la estética como la experiencia.
Malfy Originale —destilado en el norte de Italia con limones locales y enebro seleccionado a mano— se venderá en puntos exclusivos de Italia, Reino Unido, Turquía y Emiratos Árabes por 54 euros. Más que un precio elevado para un gin, se trata de una señal de su ambición por competir en el terreno de los objetos aspiracionales, al nivel de ciertos perfumes, ediciones artísticas o accesorios de autor.
Según Murielle Dessenis, vicepresidenta global de marketing para ginebras en Pernod Ricard, esta colaboración explora “nuevas rutas al mercado”, ubicando la edición especial en bares de alta gama, resorts de playa y eventos de moda, para consolidar un perfil de marca que conecta con el consumidor de lujo emergente: uno que busca experiencias inmersivas, diseño con intención y narrativas alineadas con su estilo de vida.
La operación se inscribe en una tendencia más amplia dentro del sector premium de bebidas espirituosas: vincular producto, diseño y storytelling para redefinir el valor percibido más allá del contenido líquido. Para los coleccionistas o inversores en ediciones especiales —una categoría cada vez más visible—, esta colaboración representa tanto una pieza estética como un testimonio del refinamiento con el que las marcas de bebidas empiezan a conquistar espacios antes reservados al arte o la moda.
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