Entre 2020 y 2024 se han emitido más de 8.000 millones de dólares en instrumentos de deuda respaldados por regalías musicales. No es una cifra anecdótica. Señala la consolidación de un mercado que ha pasado de ser una curiosidad especulativa a un activo estructurado, con participaciones tramitadas por agencias de calificación y estructuradas como tramos A y AA. El caso de Concord, que en 2024 colocó 1.800 millones en bonos sobre su catálogo, o el de Hipgnosis, que ha cerrado emisiones por más de 1.400 millones en menos de tres años, ejemplifican una transformación silenciosa pero relevante.
Un flujo comparable al de las infraestructuras
La naturaleza del ingreso es lo que empieza a atraer a los gestores de carteras complejas. Las canciones generan dinero por vías estables: reproducciones en streaming, sincronizaciones en producciones audiovisuales, licencias comerciales o derechos de comunicación pública. Un éxito de hace veinte años puede seguir generando cash flow con estabilidad e incluso con crecimiento, especialmente si su uso se mantiene vivo en canales como TikTok o se reactiva en nuevas versiones. Esa durabilidad convierte el catálogo en un activo con comportamiento prácticamente anticíclico, poco correlacionado con mercados públicos y con una estructura de ingresos global.
Para determinados inversores, el atractivo no está sólo en el rendimiento, sino en la visibilidad del flujo. Las plataformas permiten trazar el comportamiento de cada tema: cuántas veces se escucha, en qué país, con qué tendencia. Esa transparencia permite proyectar escenarios con una granularidad inusual para un activo alternativo.
Deuda estructurada con respaldo real
La transformación de estos catálogos en instrumentos de deuda ha sido acelerada por la entrada de actores con experiencia en estructuración financiera. Concord, respaldada por Apollo, ha diseñado bonos con ratios de loan-to-value prudentes (en torno al 50%) y duraciones ajustadas, pensadas para responder a inversores institucionales que buscan diversificación sin sacrificar calidad crediticia. Las agencias de rating han respondido con notas en el rango de investment grade.
Al mismo tiempo, el perfil de riesgo ha mejorado con la diversificación de plataformas y territorios. Hoy una canción no depende exclusivamente de la radio ni de un álbum, sino de una multiplicidad de canales en constante rotación. Para el inversor, esto ofrece un perfil más parecido al de una cartera de infraestructuras que al de un fondo de private equity.
Hipgnosis: aprendizaje y segunda etapa
El fondo Hipgnosis ha sido el gran agitador de este mercado, tanto por ambición como por polémica. Fundado por Merck Mercuriadis, exmanager de artistas como Elton John o Beyoncé, acumuló en pocos años un portafolio valorado en más de 2.800 millones de dólares, incluyendo temas de Rihanna, Neil Young o Justin Timberlake. El enfoque fue agresivo: adquisiciones a valoraciones elevadas, financiación con deuda y cotización en bolsa.
El tiempo ha aportado matices. Subidas de tipos, dudas sobre la gobernanza y tensiones con el consejo provocaron la caída del valor en mercado. Sin embargo, el fondo sigue generando ingresos crecientes, con incrementos de doble dígito en derechos por streaming y sincronización. El propio Mercuriadis ha lanzado una nueva plataforma con apoyo institucional y foco renovado: menos apalancamiento, más alineación con artistas y un uso más sofisticado de los derechos como activos gestionables.
Una tesis con recorrido pero no exenta de riesgos
Como toda clase de activo en fase de institucionalización, la securitización musical tiene sus propias tensiones. La dependencia de plataformas como Spotify o Amazon Music introduce riesgo regulatorio y de pricing. El auge de la música generada por IA plantea preguntas sobre dilución del valor. Y el comportamiento de los catálogos ante posibles litigios por derechos aún es terreno poco explorado.
Sin embargo, en un entorno de tipos elevados, presión sobre los retornos y saturación de vehículos tradicionales, los derechos musicales ofrecen una combinación de estabilidad, trazabilidad y sofisticación que está empezando a interesar a los comités de inversión patrimonial. No es una clase de activo para todo el mundo, pero sí para quien entiende que la rentabilidad, en ocasiones, también puede sonar bien.
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