Si 2021 y 2022 estuvieron marcados por la exuberancia pospandémica y el regreso del trophy hunting —con récords en subasta y nombres como Basquiat, Richter o Koons como protagonistas—, el año 2024 ha evidenciado un cambio profundo en el comportamiento de los compradores. Las obras con precios superiores a los 10 millones de dólares, tradicionalmente motor de las subastas nocturnas en Nueva York y Londres, registraron una caída del 44,2% en volumen. Esas cifras, que años atrás eran celebradas como hitos por las casas de subastas, hoy reflejan un mercado más prudente, incluso cuando se trata de blue chips.
El descenso no responde solo al encarecimiento del dinero y al clima geopolítico incierto. Lo que emerge con nitidez es un reequilibrio de las motivaciones. La compra impulsada por la pura valorización financiera ha dado paso a adquisiciones de convicción, donde el gusto personal, la narrativa histórica de la obra y la discreción pesan más que el potencial de reventa. Este retorno a lo esencial es perceptible en los segmentos intermedios del mercado.
El rango medio se mantiene como refugio
Las obras comprendidas entre los 100.000 y el millón de dólares han demostrado una notable solidez. Aunque también en retroceso, el descenso en esta franja ha sido más moderado, en torno al 22–23%. Se consolida así como un territorio fértil para aquellos coleccionistas que desean incorporar piezas con carácter sin necesidad de justificar su elección con dividendos a corto plazo. Se trata de compradores con una comprensión madura del mercado, que no precisan validación pública ni persiguen la sobreexposición.
El auge de ventas privadas y la expansión de plataformas de subasta online han acentuado esta deriva hacia la intimidad. Christie’s, Sotheby’s y Phillips han intensificado sus esfuerzos en la venta directa, un canal menos volátil y más acorde con el perfil de cliente que valora la confidencialidad tanto como la calidad.
El ultracontemporáneo pierde tracción
Las obras de artistas nacidos después de 1974 —el llamado segmento ultracontemporáneo— han registrado una caída del 37,9%. Lo que durante los últimos cinco años fue un hervidero de especulación rápida, impulsado por un público joven y ávido de retorno inmediato, hoy parece estar perdiendo parte de su atractivo. El informe de Artnet destaca cómo varios nombres emergentes que alcanzaron cifras infladas en 2022 y 2023 han corregido de forma abrupta sus cotizaciones, en algunos casos con descensos superiores al 60%.
No es necesariamente un signo de debilidad, sino de madurez. El mercado ha empezado a discriminar con mayor rigor, penalizando la sobreproducción y premiando trayectorias con solidez intelectual y artística. La novedad, sin relato, ya no basta.
Nueva York, Londres, Hong Kong: ejes en tensión
En términos geográficos, las tres capitales tradicionales del arte —Nueva York, Londres y Hong Kong— han sentido el impacto de formas distintas. En la ciudad estadounidense, las ventas cayeron más de un 30%, arrastradas por el descenso de los grandes lotes y por la menor participación de compradores asiáticos. Londres resiste algo mejor, gracias a su posicionamiento en el arte moderno europeo y a una clientela fiel que ha mantenido su actividad a pesar de la inestabilidad política. En Hong Kong, la recuperación poscovid no ha sido suficiente para compensar la salida de capitales continentales, las restricciones de movimientos y la creciente desafección hacia el arte occidental.
Se trata, en cualquier caso, de un reordenamiento relativo. El mercado global sigue siendo líquido, dinámico y altamente interconectado, pero ha entrado en una fase menos eufórica y más selectiva. La inteligencia del coleccionista consiste ahora en navegar este nuevo ciclo sin perderse en el ruido.
En este entorno, quienes entienden el arte no como cobertura de liquidez sino como forma de patrimonio cultural —y por tanto intergeneracional— se encuentran en una posición de ventaja. El capital paciente recupera protagonismo, eligiendo obras con valor de permanencia más que con promesa de revalorización inmediata. Es el regreso de una mirada que valora el silencio de un Morandi o la introspección de un Freud por encima del brillo táctico de lo viral.
El mercado del arte no se ha desmoronado: se ha replegado hacia sus fundamentos. Quien sepa leer las líneas profundas de este repliegue, sabrá también anticipar su próxima expansión.
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